La Escherichia coli, más conocida como E. coli, es una bacteria que vive de forma habitual en el intestino de las personas y de muchos animales. De hecho, muchas cepas forman parte de una microbiota intestinal normal y no tienen por qué causar ningún problema. El CDC también señala que la mayoría de las E. coli son inofensivas y forman parte de un tracto intestinal saludable.
El problema aparece cuando hablamos de cepas patógenas, es decir, variantes de E. coli que han adquirido mecanismos para adherirse mejor al intestino, producir toxinas, invadir la mucosa o desencadenar inflamación. Estas cepas sí pueden causar diarrea, dolor abdominal, vómitos, infecciones urinarias u otros cuadros más importantes.
Por eso, encontrar E. coli en una prueba no siempre significa lo mismo. No es igual detectar una E. coli comensal, que puede formar parte del ecosistema intestinal, que encontrar una cepa patógena asociada a infección. La clave está en interpretar el resultado junto con los síntomas, la cantidad detectada, el tipo de muestra y el contexto clínico de la persona.
Por Photo by Eric Erbe, digital colorization by Christopher Pooley, both of USDA, ARS, EMU. – This image was released by the Agricultural Research Service, the research agency of the United States Department of Agriculture, with the ID K11077-1 (next)., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=958857
No todas las E. coli patógenas actúan igual. Algunas producen toxinas, otras se adhieren al intestino, otras invaden la mucosa y otras pueden causar cuadros más graves. En los artículos antiguos se destacaban cinco tipos principales.
La E. coli productora de toxina Shiga, también llamada STEC o EHEC, es una de las más importantes desde el punto de vista clínico. Puede producir diarrea intensa, diarrea con sangre y, en algunos casos, una complicación grave llamada síndrome urémico hemolítico, que puede afectar al riñón. La OMS también destaca que las STEC pueden causar enfermedad alimentaria severa y que sus complicaciones son más preocupantes en niños pequeños y personas mayores.
Los síntomas dependen del tipo de cepa y de la situación de cada persona. En algunos casos puede parecer una gastroenteritis común, mientras que en otros el cuadro puede ser más intenso.
Los síntomas más habituales son diarrea acuosa, dolor abdominal tipo cólico, náuseas, vómitos, fiebre baja, malestar general y, en algunas cepas, diarrea con sangre. El CDC describe que las infecciones por E. coli pueden producir calambres abdominales intensos, diarrea, a veces con sangre, vómitos y fiebre.
Hay ciertos signos que no conviene ignorar. La sangre en heces, el dolor abdominal intenso, la fiebre alta, los vómitos persistentes, la deshidratación o la diarrea que no mejora deben valorarse por un profesional sanitario. Esto es especialmente importante en niños pequeños, personas mayores, embarazadas o personas inmunodeprimidas.
Una de las complicaciones más importantes, aunque no sea la más frecuente, es el síndrome urémico hemolítico. Puede aparecer tras algunas infecciones por E. coli productora de toxina Shiga y afectar a la sangre y al riñón. En los artículos antiguos se mencionaban señales como disminución de la orina, cansancio intenso, palidez, irritabilidad, hematomas o sangre en la orina. Ante síntomas de este tipo, la valoración médica debe ser urgente.
La transmisión suele ser fecal-oral. Dicho de forma sencilla: la bacteria llega al organismo al ingerir agua o alimentos contaminados, o por contacto con superficies, animales o personas contaminadas.
Algunas fuentes habituales son la carne poco cocinada, especialmente la carne picada, la leche o los zumos no pasteurizados, las verduras crudas mal lavadas, el agua contaminada, la contaminación cruzada en la cocina y el contacto con animales o superficies contaminadas. La OMS relaciona los brotes de STEC con alimentos como carne picada cruda o poco cocinada, leche cruda y vegetales contaminados.
La prevención se basa sobre todo en una buena higiene alimentaria. Es importante lavarse bien las manos antes de cocinar y después de ir al baño, separar alimentos crudos y cocinados, cocinar correctamente la carne, lavar frutas y verduras, evitar lácteos no pasteurizados y limpiar bien tablas, cuchillos y superficies después de manipular alimentos crudos.
También conviene evitar cocinar para otras personas si se tiene diarrea, porque se puede facilitar la transmisión. En el caso de niños, personas mayores o personas con defensas bajas, la prevención debe ser todavía más estricta.
“Si hay síntomas compatibles con E. coli, conviene identificar la causa y no quedarse solo en aliviar la diarrea o el malestar.”
Si hay diarrea intensa, sangre en heces, fiebre alta, vómitos persistentes, dolor abdominal fuerte, signos de deshidratación, embarazo, inmunosupresión, edad avanzada o síntomas en niños pequeños, no conviene intentar manejarlo solo con dieta o suplementos. En ese caso, lo adecuado es consultar con un profesional sanitario.
En cambio, si no hay una infección aguda, pero aparece E. coli elevada en un test de microbiota o hay síntomas digestivos crónicos como gases, hinchazón, diarrea recurrente, digestiones alteradas o sospecha de disbiosis, el enfoque es diferente.
En estos casos no se trata simplemente de “matar E. coli”, sino de entender por qué está elevada o por qué el ecosistema intestinal está desequilibrado. Puede influir la dieta, el tránsito intestinal, la inflamación de bajo grado, la permeabilidad intestinal, el uso previo de antibióticos, la tolerancia a la fibra, el estado de la mucosa y el equilibrio con el resto de microorganismos.
Algunos alimentos como ajo, cebolla, crucíferas, té verde, frutos rojos, uvas negras, alimentos fermentados o fibra soluble pueden ser interesantes dentro de una estrategia de salud intestinal, pero siempre adaptados a la tolerancia individual. No todo el mundo tolera bien los fermentados, los FODMAP o ciertas fibras, especialmente si hay SIBO, diarrea activa o mucha sensibilidad digestiva.
Cuando no hablamos de una infección aguda, sino de disbiosis, síntomas digestivos recurrentes o una E. coli elevada en un test de microbiota, el objetivo no debería ser simplemente “matar bacterias”, sino valorar el estado global del intestino: microbiota, mucosa, tránsito, tolerancia a la fibra y antecedentes de antibióticos o infecciones previas.
Según el caso, pueden tener sentido distintos apoyos: probióticos multicepa para favorecer el equilibrio de la microbiota, fibra soluble si se busca mejorar el tránsito y la producción de ácidos grasos de cadena corta, o fórmulas con D-manosa cuando el problema está más relacionado con infecciones urinarias recurrentes por E. coli.
En cualquier caso, no se aborda igual una diarrea aguda, una disbiosis, una infección urinaria recurrente o una alteración aislada en un test de microbiota. Por eso, la elección de cualquier suplemento debe depender siempre de los síntomas, la tolerancia y el contexto clínico.
Si tienes gases, hinchazón, diarrea recurrente, molestias digestivas persistentes o te han detectado E. coli elevada en un test de microbiota, en Aristea Salud podemos ayudarte.
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